Aéropostale, más que una tienda de ropa

Solamente quienes ya tiñen canas y conocen algo de historia de la aviación comprenderán por qué empleo mi columna en este espacio editorial para comentar sobre la quiebra recientemente anunciada en los Estados Unidos de la firma de modas neoyorquina Aéropostale.

Conforme veo a adolescentes y a otros ya no tanto, portando sus prendas no puedo dejar de preguntarme: ¿Estos ‘pubertos’ tienen idea de lo que hay detrás de esa marca que presumen con tanto orgullo?

Y es que hablar de esta marca es hablar de aerotransporte; “La Ligne” (La Línea en nuestro idioma), como era conocida entre sus pilotos, mecánicos y colaboradores, fue pionera del aerotransporte de correo en la ruta entre Francia (Toulouse) y América del Sur (Buenos Aires) con escalas en España, el Norte de África y Brasil.

Fundada por Pierre-Georges Latécoere en 1918 como “Lígnes Aériennes Latécoere”, pasó a ser “Compagnie Génerale Aéropostale” hacia 1920 y terminó siendo simplemente “Aéropostale” hasta su desaparición e integración en lo que hoy día es Air France allá por 1933.

En sus filas destacaron dos grandes aviadores: Jean Mermóz, considerado el gran héroe de la aviación gala, desaparecido en el año 1936, intentando cruzar por aire el Océano Atlántico al mando de un Latécoere 300 bautizado “Coix du Sud” (Cruz del Sur) y su inmortal compatriota, el también escritor Antoine de Saint-Exupéry, famoso por “El Principito”.

La marca Latécoere se mantiene viva como un importante grupo industrial dedicado a la manufactura de componentes aeronáuticos en diversas partes del mundo, entre ellas Hermosillo, Sonora, México, en donde fabrica puertas de aeronaves como el Boeing 787.

Lo cierto es que algunas de las páginas más románticas y apasionantes del desarrollo del aerotransporte internacional tienen que ver con las acciones de los valientes de esta aerolínea en los cielos sobre los Pirineos, el desierto del Sahara, las costas del Brasil, el Río de la Plata, la Patagonia y los Andes.

Por ende, cuando me topo con alguna sucursal de Aéropostale en un centro comercial me cuesta trabajo vincularla, como lo hace mi hija, a una marca de ropa, y más bien pienso en el recuerdo esos frágiles biplanos cargados de sacos de correo siendo remontados al vuelo enfrentando a la noche, a los vientos y a las tempestades con tal de entregar su valiosa carga íntegra y si es posible a tiempo, a los que de manera velada se hace referencia en la decoración de los locales.

Algo similar me ocurre cuando no logro asociar la marca y el logotipo de Pan American a un servicio de ferrocarriles norteamericano, a Braniff con una empresa de logística, Continental con una llantera o Hughes con un centro de investigación biomédica.

En cualquier caso, aun cuando ya no sea aerolínea y solo venda ropa, espero que la empresa propietaria de la marca salga delante de su proceso de quiebra y reestructura, para que en los centros comerciales de todo el mundo se mantengan esos originales espacios de nostalgia aeronáutica, que tanto apreciamos los románticos empedernidos.

No pedimos ser eternos, tan solo pedimos que nuestros actos no pierdan de pronto su sentido”, alguna vez escribió Saint-Exupéry.

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